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viernes, 7 de septiembre de 2007

Cierra el único bar para sordos en Europa


El bar se abrió con grandes expectativas y esperaban formar una pequeña franquicia

Silencio en las mesas interrumpido por el ruido de vasos, bandejas y platos; un puñado de manos que se mueven a toda velocidad, coreadas con exagerados gestos faciales y unas pequeñas bombillas que relucen sobre las mesas, encendidas para llamar a los camareros. Las numerosas descripciones de “El Café de los Signos” que inundaron internet a raíz de su inauguración hacen fácil componerse una imagen del ambiente que debía de reinar en el único café de Europa para sordos; ocho meses después, ninguna página explica su cierre.

Felipe Louro, su propietario, tampoco se lo explica: era un local constantemente repleto y prácticamente de un día para otro quedó desierto. Para Felipe tuvo que ser un boicot; hace 20 años que se dedica a la hostelería “con valor añadido” -bares que ofrecen actuaciones, juegos de mesa, exposiciones y, en general, algo más aparte de café y copas- y dice que jamás había visto que un bar se vaciara tan rápido.

El local nació el 21 de diciembre de 2006 en la calle Santa María de la Cabeza 75 y Felipe no tira de historias conmovedoras para explicar el origen de la idea: “Se le ocurrió a mi padre, que siempre ha sido un tipo muy visionario”. El concepto estaba claro: el colectivo sordo era un segmento de mercado que no contaba con un bar donde juntarse y poder consumir sin problemas.

Felipe se puso en contacto con la Federación de Personas Sordas de la Comunidad de Madrid (FeSorCam), la Asociación de Sordos de Madrid (Asormadrid) y Altatorre, tres agrupaciones de personas con problemas auditivos que le ayudaron a la selección de personal: los 15 camareros que trabajaban en el bar eran sordos; lo malo es que también eran demasiados.

Felipe se dio cuenta de que le sobraba personal, y tuvo que despedir a dos de los camareros, principales destinatarios de sus sospechas a la hora de buscar culpables de su ruina. Cree que ellos, junto con otras personas que gestionan una cantina en una asociación de sordos, comenzaron a difundir rumores sobre que la comida era cara y de mala calidad, acusando además a Felipe de ser un oyente sacando tajada del colectivo sordo.

“En una comunidad tan cerrada como la de los sordos, un rumor así acaba contigo”, explica Felipe con bastante lógica, pues la mitad de sus clientes eran personas sordas, y la otra mitad familiares o amigos de éstas; bueno, dejando al margen a los estudiantes del lenguaje de signos, que tenían aquí su Londres particular donde practicar su segundo idioma.

El bar ha dejado deudas pendientes, por ejemplo con la empresa que les limpia el escaparate


En “El Café de los Signos” había exposiciones de artistas sordos, muestras de películas subtituladas, cuenta cuentos y humoristas, todo con los traductores necesarios para que sordos y oyentes pudieran disfrutar del espectáculo. Además, contaban con paquetes de visitas entre 24 y 68 euros y, según se puede leer en Map Magazine, “cocina internacional a bajos precios caseros”. Ni FeSorCam, Altatorre o Asormadrid conocen los motivos del cierre y en internet no hay ningún indicio que lleve a pensar en un complot: el buscador de blogs de Google devuelve 19 bitácoras que mencionan este bar, todas ellas proclamando sus virtudes.

Las socias con las que “hablé” en una de las agrupaciones tampoco veían ni rastro del boicot. Miguel convertía en sonidos las palabras manuales de las chicas mientras explicaban que no querían que las grabara porque “la comunidad muda es muy pequeña y no nos apetece que nos vean”. Sólo habían ido al bar un par de veces porque les parecía demasiado caro -“4 o 5 euros por una jarra de cerveza y 2'50 por una Coca Cola”- y además les parecía ridículo que subieran los precios a partir de las doce de la noche.

Por otro lado, tampoco veían bien ubicado el sitio, porque por la zona no había nada más que pudieran hacer: “Era ir hasta allí simplemente para ir a El Café de los Signos, pero al salir no tenías dónde ir”. Tampoco las acutaciones les ofrecían un gran atractivo, no sólo porque los 5 euros de entrada les parecieran excesivos, sino, sobre todo, porque según ellas no son muchos los humoristas y actores sordos, con lo que la mayor parte de los espectáculos eran shows ya muy vistos.

Al margen de opiniones, lo único incuestionable es que en verano empezó a faltar clientela, y una empleada del club de billar que hay junto al bar confirmó que en el último mes apenas entraba nadie, lo que obligó a Felipe a colgar el cartel de cerrado a finales de julio.

“Es sólo algo provisional”, promete este uruguayo de familia gallega, “hasta que encuentre a otra persona que lo gestione”. A él los problemas del bar le generaron estrés y depresión, lo cual hizo patente que lo tenía que dejar: “El principal problema era yo, así que ahora busco a alguien que pertenezca al colectivo o que aproveche la experiencia para no repetir mis errores”.